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Una polémica casi eterna ¿Los medios de comunicación deben ser un servicio público o fuente de ganancia para los propietarios? José da Cruz Dan Rather, ex presentador de los informativos televisados de la cadena CBS, participó el 7 de junio pasado en una reunión convocada por la ONG Prensa Libre. Se trató de una conferencia nacional para discutir la necesidad de cambios y reformas en los medios de comunicación de los Estados Unidos. Si bien Rather reconoció que no estaba exento de culpa respecto a la situación reinante, llamó a actuar con energía “para mantener lo bueno de nuestros medios informativos, mejorar lo deficiente y rechazar las fuerzas y tendencias que ponen en peligro al periodismo y, por extensión, a la democracia.” Recordó la importancia que la Constitución de la EEUU da a la libertad de prensa, pues los medios eran vistos como una herramienta de cultura y libertad. Derechos, mandatos y responsabilidades democráticas, en su momento referidos a la prensa, por supuesto se extienden a la radio, la televisión y la Internet, todas las vías posibles de transmisión informativa. ¿Hay realmente un problema en los medios de masas de los Estados Unidos? ¿Es necesario emprender una reforma? Por si alguien lo dudase, sigue Rather, justo en los días de la conferencia había aparecido un libro del ex secretario de prensa de la Casa Blanca, Scott McClellan. Los políticos, “la verdad” y las noticias McClellan se refirió críticamente a la cobertura noticiosa de la guerra en Irak y calificó a la prensa de "facilitadores de la complicidad" y "extremadamente deferentes". Sin embargo –comenta Rather–, algunos periodistas habían intentado plantear preguntas comprometidas y agudas sobre la guerra, incluso al mismo McClellan o a su antecesor, Ari Fleischer. ¿A qué viene, entonces, esa crítica? La explicación parte de la estructura misma del aparato informativo oficial: al lado de la oficina de prensa del gobierno, llena de corresponsales, habita una vasta multitud, desproporcionadamente poderosa, de medios del statu quo, oficiosos o mainstream. Son “los periódicos y programas de noticias que emplean o dicen emplear a esos corresponsales; las agencias noticiosas, a su vez propiedad de notablemente pocas corporaciones, muy grandes, para quienes las noticias son solo una minúscula parte de sus universales intereses de negocios.” A consecuencia de los atentados del 11 de setiembre –con consciencia de ello o no, pero en un incuestionable clima de terror– esas empresas decidieron aceptar el marco narrativo emanado de la Casa Blanca: Saddam Hussein era un dictador brutal, poseedor de armas de destrucción masiva y relacionado con Al Qaeda, y esto era intolerable para el mundo. Quienes discrepaban con este relato no eran excluidos de las pantallas –Rather recuerda al inspector de la ONU Hans Blix– pero caía sobre ellos la carga de la prueba. Debían demostrar que la situación difería de lo que pintaba la Casa Blanca, y nadie pedía pruebas al gobierno estadounidense de si en realidad no estaban ya en una carrera guerrerista imparable hacia una guerra que representaría una ruptura con los precedentes políticos del país. Sin embargo hubo periodistas que plantearon preguntas osadas, pero se enfrentaron al “disciplinamiento del mensaje” o, en otros términos, a un atascamiento de la discusión mediante evasivas o cataratas de palabras. De regreso en su espacio informativo, cumpliendo su deber, el corresponsal publica su pregunta y la no-respuesta obtenida. Esas mismas no-respuestas se repiten docenas de veces, no importa si tienen que ver o no con la pregunta, y son parte del arsenal que defiende el punto de vista oficial. Después, el corresponsal sale del aire o el lector salta a otra noticia, y se acabó: no se habla más del asunto. Los medios permiten a los poderosos dar a conocer sus opiniones como un todo coherente, con sus lazos y conexiones internas, y no importancia si contradicen hechos o prácticas anteriores. Rather recuerda la utilización falaz de los informes de inteligencia previos a la guerra, como denunció una investigación del senado estadounidense. Estos mismos medios, ante la visión discrepante de un periodista, no la acallan pero la presentan como un hecho aislado, inconexo. Es su modo de defenderse de acusaciones de falta de objetividad, de opinar, de ser liberales. Problemas de propiedad Un medio planteará preguntas incómodas, con integridad, si su propietario tiene coraje. Eso estimula a los periodistas a plantear preguntas valerosas, a enlazar los hechos para dar un sentido de coherencia a lo que recibe el público, sostiene Rather. Si bien la Casa Blanca actualmente dificulta, de un modo u otro y más que antes, la tarea de periodistas “inconvenientes”, un cambio de mayor significación ha ocurrido en la propiedad misma de los medios. Cuando el sonado asunto de Watergate, los propietarios de los medios enfrentaron fuertes presiones del poder, pero evitaban que estas presiones llegaran a los periodistas quienes así continuaban con sus investigaciones y denuncias. Eso, hoy, es muy difícil que suceda. Las mayores empresas noticiosas de los Estados Unidos durante los últimos 25 años han sido víctimas de fusiones y más fusiones, adquisiciones y más adquisiciones, hasta volverse pequeñas partes de inabarcables organizaciones de negocios cuyo objetivo principal a menudo nada tiene que ver con las noticias. Tal variedad de actividades económicas lleva a que tengan centenares de lazos con la estructura del gobierno, según las regulaciones para cada rama de actividad. Y cada rama tiene que producir ganancia… ¿Cómo influye esto en la información? Rather recomienda encender el televisor y se verá lo siguiente: • El análisis político se reduce a controversias vociferadas entre contendientes armados con poco más que los temas del día. • Tiempo y recursos gastados en las así llamadas historias de interés humano: culto a los famosos, sensacionalismo y chismografía. • Proliferación de “novedades útiles”, propaganda apenas disimulada sobre nuevos productos para consumir. • Noticias locales que parecen las mismas en cada lugar del mundo, esclavizadas entre las referencias a un mundo feliz y al principio de “si sangra vale un titular”. Más ejemplos podrían acumularse, pero estos bastan para concluir, según Rather, que en el esquema dominante de propiedad de los medios, el incentivo para producir noticias de valor simplemente no existe. Producir esos materiales requiere de recursos y talento, ambas cosas caras que son dejadas de lado. Los imperativos empresariales de bajar costos predominan y las noticias han sido peladas hasta más allá del hueso, pese a que son consideradas un servicio público. Sin embargo esos recursos existen siempre para el entretenimiento, la promoción y el cabildeo, y cabe considerar si aquí no reside otro componente de la falta de incentivo; ninguna nota periodística que agite las aguas es bienvenida. Cuando la gente de prensa –sigue Rather– está presionada para que por encima de todo produzcan ganancia a los propietarios, no siempre una “buena” noticia significa “buenos” negocios. Esto produce un clima de miedo, un miedo que se siente en cada sala de redacción. A defender la Internet Ante este panorama, Rather pide que el público y los periodistas se mantengan en alerta, que ejerzan presión, que hagan saber al gobierno que las fusiones de los medios están llevando a que dominen muy pocas voces y que la difusión de esas voces utiliza ondas radioeléctricas que, en realidad, pertenecen al pueblo. En ese sentido es necesario asegurarse de que Internet no se privatice. Allí pueden circular noticias libremente, sin pasar por el filtro empresarial. “Es necesario que digamos, fuerte y claro, que no queremos que los grandes consorcios gocen de acceso preferencial /…/ a esta plataforma única para el periodismo independiente”, dice Rather. Menos aún debe admitirse que el gobierno actúe como guardabarreras de la Internet, pues debe cumplir su mandato de proteger la libertad de prensa, incluso para medios independientes y no comerciales. Esto requiere de acción y vigilancia, de mucho trabajo. Son pensamientos que deben ser difundidos entre colegas y propietarios y ”si la prensa –si la democracia– se mantendrá”.
J. da Cruz es analista de información en D3E (Desarrollo
Economía Ecología Equidad - América Latina). |